
Moyobamba, San Martín, Perú
POR ALICE RIOS
Hay silencios que descansan y otros que parecen hacer demasiado ruido. Basta con quedarse unos minutos sin el teléfono, sin música, sin una serie de fondo y sin nada urgente que hacer para descubrir que nuestra mente rara vez permanece en silencio.
Por eso, cuando llega un momento de soledad, muchas veces buscamos rápidamente algo que hacer. Revisamos las redes sociales, encendemos la televisión, respondemos mensajes o llenamos la agenda de actividades. No necesariamente porque no sepamos estar solos, sino porque estar solos también significa encontrarnos con todo aquello que durante el día conseguimos mantener en segundo plano.
El silencio exterior puede darle espacio a nuestra mente para hacer aquello que durante el día no siempre consigue. Recordar conversaciones, repasar errores, imaginar escenarios futuros o preocuparse por situaciones que todavía no han ocurrido.
No significa que pensar demasiado sea necesariamente algo malo. La mente intenta organizar experiencias, anticipar problemas y encontrar respuestas. El problema aparece cuando ese diálogo interno se convierte en una cadena interminable de preocupaciones.
A esto se suma nuestra relación con las pantallas. El celular se ha convertido en una compañía disponible prácticamente en cualquier momento. Esperamos el autobús y miramos la pantalla. Comemos y revisamos las redes. Tenemos cinco minutos libres y buscamos algo que consumir.
Cuando eliminamos de repente todos esos estímulos, el silencio puede sentirse extraño. Y aquello que parecía aburrimiento puede ser simplemente nuestra mente acostumbrándose nuevamente a no estar constantemente distraída.
Durante el día no siempre tenemos tiempo para procesar todo lo que sentimos. Una discusión puede quedar sin resolver, una decepción puede guardarse para después o una preocupación puede esconderse detrás de las obligaciones cotidianas.
Pero las emociones no desaparecen solo porque decidamos ocuparnos de otra cosa.
Cuando finalmente llega la noche y todo se calma, pueden regresar. La tristeza que no expresamos, una decisión que todavía nos genera dudas o aquella pregunta que hemos estado evitando.
Y quizá una de las partes más difíciles sea nuestra propia manera de hablarnos. En soledad pueden aparecer pensamientos especialmente duros sobre nuestros errores, nuestra apariencia, nuestras decisiones o aquello que creemos que deberíamos haber conseguido a estas alturas.
A veces no queremos quedarnos a solas porque tememos escuchar una voz interior que no sabemos tratar con amabilidad.
Hacer las paces con el silencio no significa pasar horas meditando ni intentar dejar la mente completamente en blanco. Puede comenzar con algo mucho más sencillo.
Dos minutos junto a una ventana mientras tomamos café, sin revisar el teléfono, pueden ser suficientes para empezar. También podemos observar qué pensamientos aparecen sin intentar juzgarlos inmediatamente.
Otra herramienta sencilla es escribir. Poner en un papel aquello que tenemos en la cabeza puede ayudarnos a ordenar emociones que, cuando permanecen dando vueltas, parecen mucho más grandes de lo que realmente son.
Y existe una pregunta que puede cambiar la manera en que nos hablamos. Si un amigo estuviera sintiendo exactamente lo mismo que nosotros, ¿le hablaríamos con la misma dureza?
Probablemente no.
Aprender a acompañarnos con la misma paciencia que ofrecemos a quienes queremos también forma parte de estar bien con nuestra propia compañía.
Estar solos con nuestros pensamientos puede resultar incómodo al principio. Sin embargo, cuando dejamos de interpretar cada pensamiento como una amenaza y comenzamos a escucharnos sin juzgarnos constantemente, la soledad puede adquirir otro significado.
Puede convertirse en un espacio para descansar, entender lo que sentimos, reconocer aquello que necesitamos y volver a nosotros mismos después de pasar todo el día atendiendo al mundo exterior.
Quizá el silencio nunca llegue a quedarse completamente callado. Pero podemos aprender a vivir con lo que dice.



